Era una fiesta. Y habría que contarla: ahí está Lía
Crucet hecha un paisaje. Y ahí también Martiniano Arce, su pincel haciendo
pases de magia sobre el cuerpo colosal. La obra del artista sobre la obra de la
naturaleza. En la opulentísima figura de la mujer, un universo de colores,
ornamentos y líneas sinuosas de infinitas vueltas.
Alguna
vez Martiniano Arce dijo que no volvería a hacer figuras efímeras, como las
que realizaba en camiones, porque "son obras que se pierden con el
tiempo". Pero esta vez no pudo resistir la tentación. Seducido por la idea
de volcar su fantasía de filetes en el cuerpo de una mujer, accedió pintar a
la Crucet.
Su casa fue el lugar elegido para hacer el trabajo.
Ese caserón de San Telmo que respira en cada rincón el arte de su dueño: en
las mesas, la estufa, el aparador y hasta en la plancha reposan los pájaros
fantásticos, las flores de enigmáticas formas, los botones, los ornatos del
barroco trepados al tallo de una hoja y los finos filetes, que nacen del genio
del artista. En las paredes, sus naturalezas muertas, sus obras realistas y, por
supuesto, el rostro de Carlitos Gardel con el característico fileteado, ese
arte crecido en las calles de Buenos Aires con la misma cédula de identidad que
el tango, al que Arce, con elementos de su expresión, supo darle una
perspectiva distinta.
Cuatro
horas le llevó a Martiniano pintar el cuerpo de Lía. Los eléctricos colores
de la pintura acrílica pasaron de la paleta a la piel de la mujer, para
transformarse en arte. No fue fácil. Del entusiasmo de los primeros momentos se
pasó al cansancio inevitable por el transcurso del tiempo. Pero artista y
modelo soportaron a pie firme. En la habitación, apensas calefaccionada por una
pequeña estufa eléctrica, todo era desorden: Por un lado, la mesa repleta de
pomos y manchas de pintura, donde el pintor había desplegado todos sus
elementos; por el otro, los focos que el fotógrafo había ubicado
estratégicamente, para hacer las tomas del avance del trabajo, no dejaban lugar
para moverse.
Mientras
tanto, los pinceles recorrían el cuerpo de la vedette, quien, obligada a
permanecer inmóvil, sólo torcía el brazo para llevarse un cigarrillo a la
boca, o inclinaba la cabeza para leer las estrofas que Hamlet Lima Quintana le
dedicara a Martiniano Arce, y que figuraban en ese cuadro mal colgado:
"Aquí está Martiniano y su filete/ pintado en la
alegría de una calle/ que puede ser Corrientes o Lavalle/ Tacuarí, Humberto
Primo o Migueletes."
La diestra mano de martiniano estaba a punto de culminar un
trabajo. No un trabajo más: su arte se había posado sobre los dones naturales
de una mujer. Desde luego, no una mujer más: Lía Crucet. Y ella feliz,
finalmente, con el paisaje singular que vestía.
Fue torazo en rodeo ajeno, Martiniano Arce. Cuatro horas y un
ratito duró la experiencia. Tiempo durante el cual –y aquí se descubre su
personalidad- ni le llegó a temblar el pulso. Hombre ducho en estos secretos
artilugios del arte, simplemente cerró su labor con una última pincelada y una
visón muy lejana, muy a lo pintor, de lo que había hecho: "Qué
bárbaro", musitó.
Y no se supo si se refería a su obra o si en ese instante de
lucidez recapacitó acerca de la mujer tremenda que había terminado de pintar.
Nada más que una duda.
